48.-El segundo género es el de los anacoretas,

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48.-El segundo género es el de los anacoretas, o dicho de otro modo el de los ermitaños. Son aquellos que3 no con un fervor de novato en la vida  monástica, sino que tras larga prueba en el monasterio aprendieron a luchar contra el diablo, ayudados de la compañía de otros, y bien  formado en las filas de sus hermanos para el combate individual del desierto, se encuentra ya capacitados y seguros sin el socorro ajeno, porque se bastan con el auxilio de Dios para combatir con su brazo contra los vicios de la carne y los  pensamientos. (3-5)

La idea de lucha y de la milicia cristiana domina estas pocas líneas. El monasterio es considerado por Casiano  y que recoge su legislación el Maestro y Benito, aunque ya dijimos ayer las diversas interpretaciones que se hace de este hecho,  como una escuela militar donde tienen  que formarse las unidades especiales de los anacoretas.
Los cenobitas se ayudan mutuamente como buenos compañeros de armas, el ermitaño sale solo y bien equipado y armado al desierto.
La vida de soledad se enfoca aquí unilateralmente, como un combate individual. Y se citan como enemigos especiales del solitario los pensamientos, esto es los famosos “logismoi” de los padres del Desierto, pensamientos, impulsos, vicios, que tras mucha observación y análisis psicológico, Evaglio Póntico logró clasificar y relacionar entre si de un modo realmente magistral.
Tanto el anacoreta como el cenobita es un militante. No marcha al desierto, como el cenobita no viene al monasterio, para descansar, sino para luchar y en el caso de solitario, solo contra el demonio, la carne, el espíritu. Ha de poseer una virtud sólida adquirida en una larga prueba en el monasterio. Vinimos al monasterio para adquirir esta virtud sólida y practicarla. En este sentido el monje no tiene que ser siempre novicio, (Cuando S, Francisco de Sales en la Vida Devota, dice que el convento de la perfección todos tenemos que ser siempre novicios, lo dice en otro sentido) Todos los días se ha de crecer en fortaleza y adquisición de las virtudes como el anacoreta.
El cenobita en su monasterio tiene que ejercitar las virtudes del anacoreta. Cierto que este no tienen los consuelos de la vida común, los ejemplos de los hermanos, pero tampoco tiene las mil ocasiones de renuncia que tiene la vida común. Por esto S. Basilio, decíamos ayer, no permite la vida solitaria, y S. Pacomio la considera menos perfecta que la cenobítica.
¿No es con frecuencia el huir de las espinosas consecuencias de la vida común lo que despierta deseos de soledad? Cierto que el anacoreta puede practicar mayores austeridades, pero cuan expuesto se encuentra a los engaños de la propia voluntad y del orgullo. La mayor austeridad es la de la obediencia y paciencia con los demás, que no se pueden practicar en la soledad.
El cenobita tiene  que encontrar en la vida del monasterio las ventajas del desierto sin sus inconvenientes.  La soledad, la oración, la unión con Dios son los grandes privilegios del desierto, pero una vida cenobítica verdadera, puede gozar  tan plenamente como el anacoreta  de estos bienes.
La soledad será completa para nosotros si observamos nuestras Constituciones. Las relaciones con el mundo y aún con los hermanos  están reducidas. El nuevo proyecto de constitución 29 intensifica esta soledad como carisma propio del monje cisterciense, si no lo descafeinamos con interpretaciones maximalistas.
En párrafo 1 indica el sentido de la separación, algo positivo y por lo que el solitario va al desierto:”dedicarse a una oración más intensa en la soledad es su manera particular de vivir y expresar el misterio pascual de Cristo. Según la tradición monástica esto implica una cierta forma de separación física, que ayude  a crear un espacio de soledad donde la búsqueda de Dios no encuentre trabas.”. El fallo puede darse si no busca ni se da a la oración, ya que entonces se encuentra con el vació, y no el purificador sino el del sinsentido y esto a nadie agrada.
Como el anacoreta, tenemos horas dedicadas a la oración, nuestra jornada está distribuida entre los ejercicios del cuerpo y del espíritu, tratando que ninguno de ellos se fatigue.
Finalmente S. Benito nos enseña a buscar en todas partes la unión con Dios y si tenemos su espíritu, veremos a Cristo, en los superiores, en los hermanos, en los enfermos, en los peregrinos, en los pobres, en  nuestro trabajo, en los instrumentos de trabajo, todo. El hijo de S. Benito encuentra a Dios en todas partes y nunca lo deja.

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